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En busca del destino (2010) Título Original: My Lady De Burgh (2001) Serie


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En busca del destino

Deborah Simmons

6º Hermanos De Burgh


En busca del destino (2010)

Título Original: My Lady De Burgh (2001)

Serie: 6º Hermanos De Burgh

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Internacional 462

Género: Histórico / Medieval

Protagonistas: Robin de Burgh y Sybil

Argumento:

¿Cómo explicar aquel aluvión de matrimonios entre los hermanos de Burgh? Robin de Burgh juró mantenerse soltero, a pesar de las ironías del destino, que empleó el asesinato para hacerle conocer a la elegida; la indomable Sybil, una damisela en apuros que aseguraba no necesitarlo.

Cuando las paredes del convento se convirtieron más en una prisión que en un refugio, la inquieta novicia Sybil supo que era hora de marcharse. Pero jamás imaginó cambiar su hábito por un velo de novia, ni siquiera cuando sir Robin de Burgh, un caballero insolente, le exigió que pusiera su vida, y su corazón, en sus manos.

Capitulo 1


Los de Burgh estaban malditos.

Robin estaba seguro de ello. Aunque la familia seguía siendo próspera y poderosa, y sus miembros eran sanos y fuertes, había una fuerza terrible que iba debilitando gradualmente sus flancos y dispersando a los de Burgh por todo el país. Y Robin sabía bien cuál era el nombre de esa fuerza. Matrimonio.

Cuatro años atrás, los siete hijos del conde de Campion estaban solteros y decididos a permanecer así. Luego, como guiados por una mano invisible, uno a uno, Dunstan, Geoffrey y Simon se habían casado. Incluso el propio conde había vuelto a casarse en Navidades. Y ahora Robin había sido convocado para asistir a la celebración de las nupcias de su hermano Stephen.

Al mirar a su alrededor en el gran salón del castillo de Campion, Robin no se alegró al ver a las distintas parejas. En vez de dar su enhorabuena, quería gritar escandalizado. No sólo lamentaba el destino de sus hermanos, sino que de los tres de Burgh que permanecían solteros, él era el mayor, certeza que le ponía tenso. Y con razón. Robin no tenía idea de cómo se sentían los otros dos al respecto, pero él estaba empezando a sudar.

No era que tuviera algo contra las mujeres. Representaban una agradable distracción de vez en cuando, algunas más que otras, claro, pero ni siquiera la más entretenida le tentaba en lo más mínimo hacia una unión duradera. La idea de estar atado a una de ellas para siempre le hizo levantar un dedo para aflojarse el cuello. Ya sentía cómo la soga le apretaba la garganta, amarrándolo para siempre a una mujer desconocida y sin nombre.

Aunque normalmente era el miembro más despreocupado de la familia. Robin comenzaba a agobiarse al contemplar su futuro. Siendo hombre y caballero, lamentaba aquel sentimiento de impotencia que lo asaltaba. Quería atacar, ¿pero de qué servía su habilidad con la espada contra un fantasma? Robin apretó los dientes al preguntarse cuánto tiempo le quedaría. Aunque sus hermanos parecían haber sucumbido sin luchar, él se negaba a aceptar su destino con tanta facilidad.

Tenía que haber una manera de evitarlo. Robin había aprendido que el razonamiento podía salvarle de casi cualquier situación, y normalmente le habría pedido consejo a su padre, pero el conde ya había sido víctima de la maldición. En ese caso, cualquier consejo que pudiera aportarle sería sospechoso. Y no tenía sentido pedirles ayuda a sus hermanos casados.

Las opciones de Robin iban disminuyendo, y sentía la presión de la desesperación. Siempre había pensado que los de Burgh eran invencibles, pues eran hombres poderosos y guerreros fuertes, entrenados en las más diversas artes. La riqueza, el privilegio y la capacidad habían resultado en una arrogancia innata que seguía demostrándose incluso en aquéllos que ahora se hacían llamar maridos, pero Robin sentía que su propia seguridad en sí mismo mermaba. Sólo quedaban tres de Burgh solteros; tal vez fuera el momento de unir fuerzas.

Tras tomar una decisión, Robin se puso en movimiento inmediatamente y buscó a Reynold entre aquéllos que abarrotaban el salón. Encontró al joven de Burgh sentado en un banco, con la espalda apoyada en la pared y la pierna lesionada estirada frente a él. Normalmente melancólico, Reynold se mostraba más sombrío que nunca, y Robin se preguntó si estaría contando también sus últimas horas de libertad.

Le dirigió una sonrisa a su hermano y se sentó junto a él mientras pensaba en qué decir. Ninguna vez había abordado abiertamente el tema de aquella súbita y alarmante propensión al matrimonio, y Robin no sabía cómo empezar. Por suerte, Reynold habló primero.

—¿Puedes creerlo? —preguntó, y señaló a Stephen con la cabeza—. Después de todas las mujeres con las que ha estado, jamás pensé que sentaría la cabeza. Ni que renunciaría a su gusto por el vino.

—Yo tampoco —convino Robin. Observó a Reynold cuidadosamente, pero la expresión de su hermano era inescrutable, como siempre. Sin embargo, estaba decidido a seguir adelante. Aunque los de Burgh preferirían morir antes que admitir una debilidad, en aquel caso se necesitaba sinceridad, y el tiempo estaba agotándose. Tal vez juntos pudieran poner fin a las bodas—. Jamás imaginé ver a nuestros hermanos casados. ¿No te parece extraño que todos estén haciéndolo? ¿Y tan de prisa?

Reynold se encogió de hombros. Jamás hablaba mucho, así que Robin no se sintió particularmente desalentado por su mutismo. Y no tenía sentido esperar más.

—Pues a mí sí —dijo—. Me parece muy extraño. De hecho creo que es obra de una maldición.

Reynold se volvió para mirarlo, pero Robin no se dejó amedrentar por el escrutinio.

—¿Cómo si no lo llamarías? —preguntó—. Hace unos años éramos todos solteros y nos parecía bien. Ahora, como si estuvieran manipulados por alguna fuerza misteriosa, los de Burgh van cayendo víctimas de las mujeres. Uno por uno. ¡Hasta nuestro padre! Debemos hacer algo antes de ser los siguientes.

Robin siguió la mirada de Reynold hasta la jarra que tenía en la mano y frunció el ceño. Había estado bebiendo demasiado vino, ¿pero quién no lo haría, enfrentado a la sentencia de su futuro? Sin duda hasta el implacable Reynold debía de estar preocupado.

—¿No te preocupa? —preguntó Robin.

—¿El qué?

—Ser atrapado por alguna mujer —señaló hacia sus hermanos, otrora solteros, que rondaban a sus respectivas mujeres—. Convertirte en uno de ellos.

—Sería una suerte —contestó Reynold con un resoplido.

—¿Suerte? ¡Te digo que están malditos! —protestó Robin.

Reynold lo miró como si hubiera perdido el juicio.

—Míralos, Robin —dijo—. ¿Crees que son infelices?

Robin miró obedientemente hacia el hermano que se encontraba más cerca en su línea de visión. Era Stephen, y Robin hubo de admitir que su encantador hermano parecía estar mejor que nunca, pero eso era probablemente porque había dejado de beber. Por supuesto, sonreía como un tonto, como todos los demás, incluso el arisco de Simon. En cuanto a Geoffrey, el estudioso, le canturreaba al bebé que tenía en brazos, como si lo hubiese traído él mismo al mundo, y Robin sintió una puñalada de algo extraño.

—Claro, todos parecen felices, de lo contrario no lo habrían hecho —dijo—. Pero te digo que todo es parte de una maldición sobre la familia.

—Casi todos los hombres venderían su alma por una maldición así —murmuró Reynold—. No hay ninguna maldición.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso? —preguntó Robin, molesto por el escepticismo de Reynold.

—Porque yo nunca me casaré —contestó su hermano, se levantó y se alejó cojeando ligeramente.

Robin frunció el ceño. ¿Era su imaginación o acaso su hermano estaba más malhumorado que de costumbre? Probablemente fuese porque, de los siete hermanos de Burgh, él era el único que permanecía en Campion. Robin se preguntó si debería quedarse después de la celebración en vez de regresar a Baddersly, unas tierras que gestionaba para Dunstan. Pero la idea de todos los cambios que habían tenido lugar en su ausencia, incluyendo la llegada de una nueva dama del castillo, una madrastra, hizo que se estremeciera. Deseaba regresar al Campion de siempre, no a aquel lugar nuevo e inhóspito.

Parecía que había sido ayer cuando sus hermanos y él vivían juntos allí, gastándose bromas, confiando los unos en los otros. Habían sido como un clan grande y glorioso.

Pero ahora todo era diferente. Sus hermanos estaban dispersos por todo el reino, viviendo con sus esposas, y regresaban por Navidad o para alguna ocasión extraordinaria como aquélla. No era algo bueno. Robin se retorció angustiado ante el vacío que se abría ante él cada vez que pensaba en su familia. Aunque la suya no era una naturaleza amarga, se sentía traicionado de algún modo.

Aun así odiaba culpar a sus hermanos. Obviamente estaban cegados o bajo algún encantamiento. ¿Cómo si no explicar su comportamiento? Robin había crecido con ellos en una casa de hombres, vivía ahora rodeado de caballeros en Baddersly, y simplemente no comprendía aquella obsesión súbita por casarse.

Había empezado con Dunstan, el mayor, y el hombre al que Robin admiraba más en el mundo. Tras servir como caballero al rey, Dunstan había conseguido unas tierras propias, Wessex, y ahora era conocido como el lobo de Wessex. Al verlo casarse con Marion, la mujer a la que todos los de Burgh tenían en alta estima, Robin se había sobresaltado. Pero el matrimonio había sido obligado dadas las circunstancias, pues el tutor de Marion la había amenazado. Y dado que Dunstan ya vivía lejos, la unión apenas alteró las cosas en casa.

El pobre Geoffrey se había visto obligado a casarse por decreto real, en una unión diseñada para poner fin a la guerra entre Dunstan y su vecino. En aquella época, Robin se había sentido agradecido por haber escapado, aunque lo había lamentado por Geoff, cuya esposa era una criatura horrible. Desde entonces ella se había vuelto más amable, pero Robin aún sentía compasión por su hermano, aunque Geoff parecía tan devoto a ella como Dunstan a Marion. Aun así, las circunstancias que rodeaban a ambas parejas eran tan poco comunes que habían despertado las sospechas de Robin.

Pero eran las nupcias de Simon las que más le habían afectado.

Simon, el más feroz de todos, un guerrero por los cuatro costados, se había enamorado voluntariamente de la mujer que lo había superado en la batalla. Para cuando Robin y sus hermanos habían intentado ayudarlo, ya era demasiado tarde. Geoffrey había incluso insistido en hacer de casamentero entre los dos, un acto que Robin consideró una traición a los de su propia sangre.

Fue entonces cuando empezó a pensar que Dunstan, Geoffrey y Simon estaban poseídos. Y aquella celebración por Stephen, que era conocido por probar los encantos de todas las mujeres, había confirmado su opinión. Si Stephen podía casarse, entonces los demás estaban condenados. Sus hermanos habían mostrado sus debilidades y habían sucumbido, pero Robin no tenía intención de ser el siguiente en rendirse.

No era que no le gustaran las mujeres. Había estado con varias, y le habían proporcionado distracciones agradables. Muy agradables. Pero, fuera del dormitorio, su atractivo se desvanecía. Casi todas le parecían criaturas petulantes y exigentes, y no quería encadenarse a una vida así, sin importar lo felices que parecieran sus hermanos.

Tal vez Reynold anhelara un destino así, pero él no, y moriría antes que esperar sentado su propia ruina. Cuanto más lo pensaba, más decidido estaba. Con o sin ayuda, intentaría descubrir qué fuerza amenazaba a los de Burgh antes de que fuera demasiado tarde. Tomó aliento, decidido, pero su determinación se esfumó al darse cuenta de algo.

Por desgracia, no sabía nada sobre maldiciones ni sobre cómo levantarlas. El conde había criado a sus hijos para que fueran cultos, y se burlaban ante cualquier idea de brujas, sortilegios y cosas así. Aunque Robin siempre había estado más inclinado que los demás hacia el poder de los encantos y de los talismanes, no tenía idea de dónde encontrar un tótem que protegiera de las bodas. Por lo que sabía, no había un santo patrón de los solteros, a no ser que uno contara a los monjes, y Robin no tenía intención de hacer voto de castidad.

Rápidamente descartó a la Iglesia como fuente de ayuda en aquel asunto, pues su visión del matrimonio era bien sabida. No, necesitaba a alguien que fuese experto en la naturaleza mística. Pero las únicas personas que creía que podrían estar familiarizadas con eso eran los l'Estrange; la esposa de Stephen y sus parientes. Todo el salón había estado plagado de rumores sobre ellos desde que Robin llegara. Pero no creía que la novia apreciara que la acusara, aunque discretamente, de ser parte de un complot contra los de Burgh.

Robin frunció el ceño, pensativo. Aunque no podía acercarse a Brighid, ella tenía unas tías, y se rumoreaba que éstas tenían la capacidad de sanar y otras habilidades poco corrientes. Si no buscaba reparar los errores de sus hermanos mayores, condenados ya a sus esposas, sino que simplemente intentaba prevenir su propia perdición, tal vez pudiera persuadirlas para ayudarlo.

Dio un trago para tomar fuerzas, se levantó e inmediatamente lamentó el movimiento brusco, pues la cabeza le empezó a dar vueltas. Dejó la jarra vacía con un escalofrío, ya que no deseaba ocupar el lugar que había dejado vacío Stephen como borracho de la familia. Tomó aliento y se dirigió entre la multitud en busca de las l'Estrange.

No fueron difíciles de encontrar, pues llevaban vestidos muy coloridos que resaltaban entre los demás. La más bajita y regordeta llevaba una especie de campanillas cosidas a las mangas, un signo evidente de excentricidad. Sin duda ella podría ayudarlo.

—¿Señora l'Estrange? —preguntó, y fue recompensado por un tintineo cuando la mujer se volvió hacia él con una sonrisa.

—¡Milord!

—Por favor, llamadme Robin, señora.

—¡Por supuesto! Y yo soy Cafell. ¿Conoces a mi hermana Armes? —preguntó señalando hacia la más alta.

Robin asintió.

—He de decir que es un placer recibiros en nuestra familia.

—Vaya, gracias, lord Robin —dijo Cafell.

—Con Robin bastará —la corrigió Robin, e intentó llevársela a un lado. Por desgracia, su hermana los siguió, así que tuvo que dirigirse a ambas—. De hecho, considero vuestra llegada como un golpe de suerte para mí, pues necesito vuestros talentos especiales.

—¿Tienes una lesión que necesita curación? —preguntó Cafell.

—No. Mi problema es un poco más inusual que eso. Un asunto muy delicado, en realidad...

Armes lo interrumpió con una mirada aguda.

—Esto no tendrá nada que ver con la herencia de los l'Estrange, ¿verdad? —preguntó.

—Bueno, sí...

—¡Ah, bien! —exclamó Cafell dando palmas de alegría, a pesar de la mirada censuradora de su hermana. Robin las miró a las dos sin entender nada. Aunque Cafell parecía encantada con su petición, Armes permanecía alerta. Se preguntó qué habilidades tendría y si acabaría metido todavía en más problemas. Ya intentaba librarse de una maldición; no necesitaba otra a sus espaldas.

—¡Dinos! ¿Qué podemos hacer por ti? —preguntó Cafell.

—Hermana, no creo que... —comenzó Armes.

—Oh, Brighid no puede quejarse cuando ella... —la interrumpió su hermana.

—¡Pero es un de Burgh! —protestó Armes.

—¡Mucho mejor! —exclamó Cafell, frotándose las manos de un modo que comenzó a alarmar a Robin. Empezó a reconsiderar su plan y dio un paso atrás, pero entonces sintió la mano de Cafell en el brazo.

—¡No, lord Robin! —le dijo antes de volverse hacia su hermana—. Armes, al menos debemos escuchar lo que quiere, por cortesía aunque sea. Al fin y al cabo ahora estamos emparentados —añadió, lo cual no alentó a Robin en lo más mínimo. Se volvió hacia él sonriente—. Vamos, dinos qué te atormenta.

—Bueno —comenzó Robin. Miró a Armes receloso, pero finalmente ésta asintió con rigidez, lo cual él interpretó como un gesto para continuar.

—Adelante, querido —lo instó Cafell.

—Bueno, estaba pensando en todas estas bodas —dijo Robin—. Me parece extraño que se sucedan tan seguidas las unas de las otras, cuando hace sólo unos años todos los de Burgh estábamos solteros.

—¿Y qué tiene de raro? —preguntó Armes—. Siete jóvenes sanos en edad de casarse están destinados a buscar esposas, sobre todo lores de una familia tan importante.

—¡Para continuar la dinastía! —exclamó Cafell.

—Quizá —admitió Robin, aunque secretamente no aceptaba la explicación. Sus hermanos nunca habían pensado en reproducirse hasta después de estar casados. ¿Y por qué todos a la vez? Dunstan se había casado tarde, pero los otros lo hacían cada vez más jóvenes—. ¿Podría ser que alguien nos hubiera lanzado una especie de... hechizo?

—Probablemente vuestro propio padre —murmuró Armes, y Robin parpadeó, preguntándose si había oído bien.

—Oh, está bromeando, ¿verdad, Robin? —dijo Cafell—. Tu hermano ya nos advirtió que eras un bromista.

—Yo creo que habla en serio —dijo Armes, y ambas se quedaron mirándolo con renovado interés.

—Vaya, hermana, creo que tienes razón. Pero por qué querrías...

—Está preocupado por él mismo —dijo Armes en un tono asqueado que hizo que Robin se enderezara, aunque difícilmente podía ofenderse ante algo que era verdad.

—¡Oh, pobre chico! —exclamó Cafell—. Ojalá pudiéramos ver tu futuro, para tranquilizarte, pero a Brighid no le gustan esas cosas. Aunque admito que últimamente se muestra más abierta —Cafell miró a su hermana, la cual negó firmemente con la cabeza.

—No creo que ella apreciara ese tipo de interferencia con su nueva familia —dijo Armes.

—Tal vez conozcáis a alguien que pueda solucionar el problema —sugirió Robin.

—No es como si perteneciéramos a un gremio, jovencito —contestó Armes.

—Realmente no conocemos a nadie más con semejante talento más allá de nuestra familia —explicó Cafell amablemente—. Pero no desesperes. Pensaremos en algo.

Ambas mujeres intercambiaron miradas, luego Cafell frunció el ceño pensativa.

—Bueno, está el primo Anfri —dijo finalmente.

—¡Un completo charlatán! —respondió Armes.

—¿Y Mali?

—Muerto. Los l'Estrange no tienen mucha progenie.

Robin se preguntó si la unión con Stephen cambiaría eso, pero Cafell de pronto dio un grito y lo sobresaltó.

—¿Y qué hay de Vala? —preguntó.

—Oh, pobre Vala. Era una belleza, y con muchos talentos —respondió Armes.

—¿No se casó con uno de los príncipes galeses? —preguntó Cafell.

—Sí. ¿Cómo se llamaba?

—¿Owain ap Ednyfed?

—Eso creo —convino Armes—. Pero creí que había muerto poco después de eso.

—¿De verdad? Yo creí que no era seguro, pero es posible —dijo Cafell—. Ha habido muchas batallas por allí durante los últimos años. Un príncipe contra otro, o el propio Llewelyn, y por supuesto contra el rey. Tuvimos suerte de alejarnos de todo eso —hizo una pausa—. Pero creo que había una hija.

—No lo recuerdo —dijo Armes—. Fue hace mucho tiempo, y eran sólo rumores...

—Tal vez lord Robin pueda ir a ver —sugirió Cafell—. Vala tenía muchos talentos.

—¿Y dónde podría encontrarla? —preguntó Robin.

—Pues en Gales, por supuesto. Ahí es donde residen casi todos los l'Estrange, excepto nosotras, claro.

Robin se quedó mirando a ambas mujeres, que sonreían benignamente, y contuvo un gemido. Stephen y su esposa habían regresado de Gales con rumores de guerra a sus espaldas. Los príncipes galeses estaban arrebatando terrenos y enfrentando a la gente a Eduardo. ¿Acaso aquellas dos mujeres querían verlo muerto?

Las l'Estrange parecían ajenas al peligro y esperaban ansiosas su respuesta, de modo que les dio las gracias educadamente y se excusó. Mientras se alejaba, Robin se dio cuenta de que había llegado a un punto muerto en sus esfuerzos por levantar la maldición.

Pero su falta de éxito le resultaba difícil de aceptar, pues, si no hacía nada, acabaría casado. Y pronto.

Robin observó a su anfitrión levantar una jarra para brindar por los de Burgh y se preguntó qué diablos hacía en la frontera con Gales cuando había rumores de levantamiento. Ya fuera movido por su preocupación, ebrio por el vino, o ansioso por escapar de la gente de Campion, había abandonado su casa familiar en busca de la misteriosa Vala, en contra de su buen juicio.

Aun habiendo llegado sin avisar, el señor y la señora le habían dado la bienvenida y habían organizado un banquete en su honor, celebración con la que Robin se sentía ligeramente incómodo. A juzgar por las insinuaciones veladas, dedujo que pensaban que su inesperada visita, casi seguida a la de Stephen, significaba que sus hermanos y él estaban envueltos en una misión secreta para la corona. Robin se habría carcajeado de no ser por la atmósfera tensa que reinaba en el castillo.

Más tarde, tras ser entretenido con anécdotas sobre las transgresiones de Llewelyn y de su hermano David, Robin finalmente abordó el tema que le había llevado a la frontera de Inglaterra con Gales.

—Decidme, ¿sabéis algo sobre un príncipe llamado Owain ap Ednyfed o sobre su esposa, Vala? —preguntó.

Los señores del castillo se miraron.

—¿Qué pasa con ellos?

—Unos parientes en Inglaterra preguntaron por ella —contestó Robin.

—Murió hace mucho —contestó el señor con el ceño fruncido.

Algo en su respuesta le puso alerta, y negó con la cabeza cuando un sirviente le ofreció más vino, pues necesitaba estar despejado.

—¿Tuvieron descendencia? —preguntó.

Una vez más se intercambiaron miradas subrepticias, y pudo sentir los ojos del señor atravesándolo, buscando secretos. Sin duda lo creían al tanto de algún levantamiento o sobre el destino de sus posesiones. Poco sabían ellos que su interrogatorio tenía más que ver con un par de supuestas adivinas que con la independencia de Gales.

Por alguna razón Robin creía que su misión no les parecería divertida, de modo que se retiró temprano. No era ningún provocador, como su hermano Simon, y aquella visita le había hecho decidir darse la vuelta y regresar a tierra segura lo antes posible.

Por desgracia para los de Burgh solteros, parecía no sólo que había llegado a un punto muerto, sino al final del camino. Se preguntó qué pensaría el señor del castillo si le preguntara por la dirección de una hechicera local, tal vez alguna practicante celta, y resopló para sí mismo. La idea de encontrar a alguien que levantara una maldición le parecía absurda ahora que se había alejado de Campion y de las l’Estrange.

Siempre había sido fácilmente influenciable. Desesperado por evitar el mismo destino que sus hermanos, se había aferrado al primer plan que se le había ocurrido, sin importar lo descabellado que fuera, cuando lo mejor sería seguir caminos más tradicionales.

Tal vez debiera ponerse en contacto con algún monje, o incluso peregrinar a algún lugar sagrado, aunque no sabía a cuál. Santa Agnes era la patrona de la pureza, pero, dado que no era pureza lo que buscaba, Robin desechó esa idea con un gruñido.

El sonido, seguido rápidamente de otro, resonó por los muros del castillo y Robin aminoró la velocidad de sus pasos. Aunque había bebido y comido mucho, sus sentidos seguían alerta y, al llegar al oscuro pasillo situado frente a su habitación, sintió la presencia de otro.

Dado que la situación local era de inestabilidad, Robin agarró la daga que guardaba en el cinturón. Se dio la vuelta ligeramente, por si acaso una porra lo aguardaba detrás, una posibilidad nada desdeñable considerando que todos allí lo tenían por espía.

Pero, cuando se dio la vuelta para mirar, Robin no vio a ningún asesino, sólo al hombre que le había servido en la mesa. Aun así, el hombre tenía cierto aire furtivo que mantuvo alerta a Robin.

—Milord —susurró el sirviente.

—¿Sí? —respondió Robin.

—Ella no murió, huyó.

—¿Quién? ¿Vala?

El hombre asintió.

—Y había una hija, aunque todos lo nieguen ahora. Yo la vi.

Intrigado, Robin dio un paso hacia él.

—¿Dónde están ahora?

Pero en aquel momento se oyeron pisadas y el hombre salió corriendo.

—¡Espera! —exclamó Robin.

—Buscad en un refugio para mujeres en vuestro país, milord. Uno de ésos llenos de dolor —dijo el sirviente antes de desaparecer en la oscuridad y dejar a Robin contemplando el curioso episodio con pesadumbre. Justo cuando pensaba que el camino había acabado, se abría en todas direcciones.

¿Pero le interesaba seguirlo?

Robin se agitó inquieto sobre su caballo y se preguntó qué diablos hacía frente a un convento. Y no cualquier convento, sino el de Nuestra Señora de todos los Dolores.

Había sido un viaje largo y extraño. Aunque no había vuelto a ver al sirviente, Robin se había despedido de su anfitrión decidido a olvidarse de la mujer que se había casado con un príncipe gales. Pero por alguna razón, tras abandonar la frontera, había acabado en una abadía cercana, el único lugar que consideraba refugio para mujeres. Una vez allí, había preguntado por más hogares de ese tipo y, al oír el nombre de Nuestra Señora de todos los Dolores, sintió la necesidad de viajar allí.

Robin se decía a sí mismo que sólo estaba allí por curiosidad, pues las historias del destino de Vala interesarían a cualquiera. Y siempre le había gustado un buen misterio. Además, podría serle de ayuda a la familia de la esposa de Stephen, que sin duda se alegraría de saber que su pariente estaba viva. Tal vez incluso pudieran organizar un reencuentro.

Aun así, a pesar de aquellas promesas, Robin sentía una compulsión más profunda que lo instaba a seguir adelante. No estaba seguro de si era la preocupación por su propio futuro o el simple deseo de zanjar el asunto. Pero, cuando descubrió que el convento no estaba lejos de Baddersly, regresó a la propiedad de su hermano. Allí dejó atrás a sus escuderos para poder continuar solo el último tramo de un viaje que incluso él comenzaba a ver bizarro.

Y así se encontró a sí mismo aquel soleado día primaveral, frente a la puerta de una pequeña abadía rodeada de olmos. Enfrentado por fin a su destino. Robin sintió cierta vergüenza ante lo que le había llevado allí. Su deseo egoísta de evitar el matrimonio, que la Iglesia tanto alentaba, le parecía una blasfemia ante aquel lugar sagrado.

Nuestra Señora de todos los Dolores era obviamente un lugar de paz, de mujeres tranquilas, puras de alma y cuerpo, que entregaban su vida al culto. Y durante varios minutos Robin se quedó donde estaba, dudando si entrar al santuario y alterar la quietud, rota sólo por el trino de los pájaros en las ramas de los árboles.

Mientras consideraba qué hacer, un grito surgió del interior del convento y llegó a sus oídos. Al principio Robin creyó haber oído mal, pero pronto las palabras le llegaron con claridad. Aunque jamás había imaginado semejantes palabras saliendo de un hogar sagrado, no podía seguir ignorando aquella plegaria.

Robin atravesó las puertas mientras los gritos de «¡Ayuda!» y «¡Asesinato!» retumbaban en sus oídos.

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